25 minutos



Tengo el puño cerrado. Me doy cuenta porque noto las uñas clavándose en la palma de mi mano y ahora mismo, quizás es todo lo que siento.


Escucho tu voz. Suena lejos, mucho más que de costumbre. Está cansada, como yo. Estaba cortando fresas cuando me has llamado y ahora el simple hecho de pensar en llevarme una a la boca me produce náuseas. Es increíble como pueden cambiar las cosas un solo un par de minutos… Siempre lo he pensado.


Estamos teniendo una conversación torpe, llena de silencios, poco habituales entre nosotros. Lo más jodido de los silencios es cuando están llenos de todo lo que no se ha dicho, de todo lo que se dijo tarde y de todo lo que nunca se dirá. Me preguntas y yo no se qué contestar. Estoy intentando ser sincera, pero el nudo que tengo en la garganta no me deja hablar todo lo que me gustaría. No te reconozco ahora mismo. No tienes la voz que suele salir de tu boca cuando hablas conmigo. Me apoyo en la pared y resbalo mi espalda por ella hasta quedarme sentada en el suelo. Está frío. Tu sigues hablando. Por una milésima de segundo creo que vas a decir lo que estoy deseando escuchar de tus labios… No lo haces. Claro. Que tonteria… Estoy intentando ser sincera. Te digo que tienes razón y otro silencio. Definitivamente el momento ha llegado. Lo he intentado retrasar desde que te conozco, pero estas cosas pasan. Eso dicen…. No haces las preguntas acertadas. Yo directamente no hago ninguna. Te digo que no tengo otra opción, que no hay nada más que yo pueda hacer y tu me dices lo mismo. No digo nada, pero pienso que, en realidad, podrías hacer mil cosas si quisieras. Ay… siempre hay un condicionante. Me gustaría decirte que todo esto está pasando porque te quiero, que esa es la única razón y no existe ninguna otra. Pero no te lo digo. Incluso estoy a punto a punto de hacerlo dos veces. Pero no lo hago. Justo ahí me doy cuenta de que, en realidad, nos estamos despidiendo y se me forman lágrimas en los ojos. No puede ser. Yo no lloro. Me hablas pero yo no digo nada. No quiero que lo notes. Me seco la cara con el dorso de la mano y me separo el teléfono de la boca. No quiero que lo notes. Pienso en dónde estarás ahora mismo. Yo sigo sentada en el suelo. La conversación ha terminado mucho atrás pero seguimos ahí. En silencio. Finalmente te despides. “Un beso, vale?” me dices y yo siento alivio. No quiero colgar, pero estoy deseando hacerlo. El nudo de la garganta se me ha extendido al pecho y el estómago y no puedo decir una palabra más. “Un beso” te digo. Me quedo en el suelo un rato más. Tras colgar miro la pantalla del movil. 25 minutos dice. 25 minutos.


Después de tantas y tantas horas, todo se resume a 25 minutos… No me lo puedo creer.

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